Cumbres Borrascosas: de la literatura al cine
Escribana
Desde el momento en el que supe que estaba en puerta una nueva versión cinematográfica de Cumbres Borrascosas, supe que iría al cine. Tras por lo menos una decena de interpretaciones, que datan desde 1920 con Ann Trevor y Milton Rosmer, tenía la esperanza de que esta sería mejor.
Las expectativas eran muy altas debido a que la novela de Emily Brontë ha sido uno de mis libros favoritos desde que la leí por primera vez. La historia de amor entre Catherine y Heatcliff es, en el imaginario construido por Brontë, dolorosa y de mucho sufrimiento, pero también apasionada y poderosa; fuerte y con esos rasgos distintivos del amor prohibido, imposible.
Los escenarios lluviosos y oscuros en los cuales fue imaginada y creada la obra por la autora, le dan el tinte gótico que hace única a este relato en el que los paisajes que enmarcan la vida de los protagonistas, toman también un papel protagónico a grado tal que se roban el título de la novela.
Además, la narración es en sí misma un retrato de la estructura socioeconómica de la época (1847) pero también, en particular por las descripciones detalladas de la crueldad física y psicológica, el abuso doméstico, y por los desafíos a la moral, la religión y el sistema de clases victorianos.
Sin embargo, la película protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi –ambos de una destacable belleza y popularidad- me quedó a deber, en definitiva.
Si bien los escenarios son excepcionales y retratan el ambiente sombrío de los páramos, el viento de las cumbres y el frío continuo que ataca a sus habitantes, algo faltó para que alcanzara el grado de calidad que esperaba. O quizá algo sobró.
La historia de amor se convirtió en una pasarela de encuentros sexuales entre los protagonistas, que, de tan repetitivos, por instantes se tornan sosos. Ni que decir de los personajes que rodean a la pareja:
Edgar Linton desdibujado en cada escena como si la niebla exterior de Los Tordos lo desapareciera también.
Isabella, que en esta versión aparece como una especie de “chica tutelada” por Edgar, es una caricatura burda de una hembra en celo que hace todo por conseguir un hombre. Y lo consigue: logra que Heathcliff se fije en ella. Peor aún, acepta todo lo que este le propone con el único objetivo de vengarse de Catherine.
La escena en que Isabella yace en cuatro patas, con una cadena al cuello y con actitud de un perro, resulta grotesca al mostrar la evidente violencia física y psicológica ejercida por el personaje interpretado por Elordi.
Un therian victoriano, sería quizá la descripción más cercana.
Y Nelly, ¿qué decir de ella? Una mujer cincuentona gris y amargada, que durante años ha rumiado el enojo por perder a Catherine en manos de Heathcliff, el mismo enojo que la lleva a mantenerla aislada, lejos tanto del marido (Edgar) como del amante (Heathcliff) a grado tal que, asegurando que hace un berrinche al no querer salir de la habitación, deja morir a Catherine por una septicemia ocasionada tras la muerte intrauterina del hijo que espera.
En resumen:
Escenografía y vestuario muy bien; protagonistas de diez en belleza y de nueve en actuación, no lo hacen mal pues. El que sí reprueba es el guionista y la directora Emerald Fennell, que se aferró a plasmar una interpretación muy particular de la novela de Emily Brontë.
Es frustrante encontrar obras literarias como Cumbres Borrascosas, convertidas en películas de medio pelo, lo que nos recuerda, el riesgo que se corre al llevar un clásico a la pantalla. Una inversión millonaria no es sinónimo de calidad.


