Humo
Por Jesús Chávez Marín
Humo
Ignacio tenía cuarenta años cuando murió; Bertha, su madre, asistió al sepelio con aparente calma y con infinita tristeza. Todo bien: los rosarios, los saludos de pésame, el velatorio, las flores, la misa, la cristiana sepultura. Pero cuando regresaba del cementerio, un humo denso llenó los ojos de Bertha.
Humo que llenó los ojos, el cerebro, el vientre.
Desde entonces Bertha ya no pudo distinguir el pasado ni el presente. El dolor se le mezclaba con la esperanza. La alegría había desaparecido, pero quedaba la sensación de ciertos sabores deliciosos y de las palabras buenas que alguien decía de vez en cuando.
Catalina, su hija, se hizo cargo de ella. La cuidaba con ternura y paciencia. A ella, Bertha le decía mamá, la mayoría de las veces. También le llamaba Catalina, pero no Catalina su hija, sino Catalina su hermana. Platicaban con pocas palabras, pero con la exacta información del día. O del pasado. O de una zona de imaginación donde eran amigas de la misma edad y hablaban de novios y de amores. En esos momentos, la madre le daba el nombre de Ada.
Catalina la alimentaba, la asistía en sus dolores, le hablaba siempre con tierno cariño. La madre se había convertido literalmente en su hija. La hija que nunca tuvo.
- Antonia Aguilar
La temperamental cantante se sentía en el cielo, sobre todo porque, luego de tantos años de navegar en el arte, había conseguido que la contrataran de show en un bar llamado El Cielo, que estaba en el centro, en la calle Morelos. Ya estaba harta de nomás cantar gratis en las tertulias de sus amigos, borrachos de postín, que la hacían sentir de plano amateur, a ella que tan privilegiada voz tenía.
Como parte de sus labores burocráticas, una vez tuvo que ir a Tomóchic a trabajar quince días. Ya en la tardecita, al terminar sus actividades, rentaba media hora un caballo mansito y se iba por el llano cantando y caracoleando el penco, como si fuera Antonia Aguilar en la época de oro del cine nacional.
En otra ocasión, la invitaron a Ciudad Juárez a un congreso de poetas mujeres y más despuesito los organizadores hubieron de arrepentirse, porque la temperamental cantante compuso unos versos y los declamó a gritos en un performance que hizo con gran escándalo en las inmediaciones del Pronaf.
A pesar de su agitada labor de artista, la temperamental cantante creía no tener el reconocimiento que sus poemas y su canto merecían.
Una vez en la oficina le dieron el encargo de que fuera muy de mañana por Tania Libertad al aeropuerto, la llevara al Hotel San Francisco y de allí, por la tarde, al concierto que la diva daría en el estadio de beisbol de la Deportiva, en fin, que la atendiera a cuerpo de reina, como distinguida invitada del gobierno que era.
Las dos cantantes se hicieron amiguísimas, congeniaron de inmediato. Pero la amistad se quebrantó a la hora de la función, cuando la temperamental cantante le pidió a Tania Libertad que le permitiera cantar con ella, a dueto, un par de canciones que se sabía de memoria.
Claro que por supuesto que desde luego que no, respondió la famosa peruana, cómo se te ocurre.
Y así. Hechos y más hechos donde se comprueba la gran injusticia de que está plagada la vida de las artistas a quienes el mundo no las merece, y sufren como usted no tenga la menor idea.

Foto: Pedro Chacón

